La playa

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Ayer estrené el verano. Es decir, estrené la playa. Un poco tarde, en pleno julio. Tengo la extraña sensación de que el verano ya acabó. En realidad, los días ya no son tan largos como en junio o mayo y, poco a poco, irán a menos. Y yo estoy que no sé en qué estación del año vivo. La primavera nos la robaron, pasó desapercibida en medio del virus. Y el verano comenzó de una forma inusual.

Confieso que soy de playa mañanera (me gusta ir a primera hora de la mañana), pero ayer, aprovechando que hacía muy buen día para ir a la playa (el resto de España hace días que se achicharra, pero en el norte estábamos fresquitos), me animé a ir por la tarde. No sin cierto recelo, todo sea dicho.

En las principales playas de mi ciudad han limitado el aforo y han puesto unos arcos con semáforo por los que tienes que pasar. Cuando el semáforo se pone rojo, ya no puede acceder nadie más a la playa. Es un poco surrealista; si hace unos años me dijesen que tendría que esperar a que el semáforo se pusiese en verde para entrar en el arenal, me lo tomaría a guasa. Parece una película de ciencia ficción.

Yo vivo en un ayuntamiento colindante a la ciudad y la playa a la que voy no tiene semáforo de acceso. Y, visto lo visto, dudo que tenga ningún tipo de control de acceso. A medida que me iba acercando, ya vi el atasco de coches que se dirigían allí. Me crucé con bastante gente de camino. Muchos con la mascarilla puesta, a pesar de que es un complemento que no parece concordar con el atuendo playero.

En cuanto pisé el paseo y miré hacia la arena, me decepcioné. Incluso se me quitaron las ganas de playa. Estaba a rebosar. Abarrotada de gente (y, por ende, sin cumplir las normas de distanciamiento, tan necesarias en estos momentos). Era como cualquier día de verano; o mucho peor. Como si aquí no hubiese pasado nada. Lo único que me hizo recordar que no era un día cualquiera de cualquier verano fue la gente que me cruzaba con las mascarillas. Eran la nota discordante.

La aglomeración de gente en la arena me pareció, en algunas zonas, casi escandalosa, a pesar de que por megafonía recordaban continuamente que se debía mantener la distancia de dos metros… ¡ja!.

Reconozco que ya nunca me gustó ir a playas abarrotadas. Quizá mi costumbre de ir a horas tempranas influye en el hecho de que pueda disfrutar de la arena a mis anchas, con la persona más próxima a más de diez metros de distancia. Un privilegio, quizá. Sé que en muchas playas turísticas no se pueden permitir esos lujos. Pero quiero poder seguir manteniéndolo. Y si no puedo mantener un mínimo distanciamiento, me abstengo de ir a la playa.

Me sorprende que la gente se olvide de todo tan pronto. Que se quiera volver tan rápido a la normalidad sin pensar en las consecuencias. Que no haya un mínimo de conciencia. Sigue prevaleciendo el “yo hago lo que me dé la gana y a los demás que les jodan…”. Si no hay sitio en la playa, es igual, ya me lo hago yo, aunque sea un riesgo para mí y para los demás.

Y me temo que muchos se van a arrepentir. Y será tarde. Pero, claro, mientras los muertos no sean sus muertos…

2 comentarios en “La playa

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