Una de cal y otra de arena

Sillas terraza

Suelo decir (y cada vez con más frecuencia) que la vida nos da una de cal y otra de arena. Sin duda, es cierto. Y esta última temporada está siendo así. Ayer, sin ir más lejos, fue un día de muerte y de vida, de alegrías y de tristezas, de llantos y risas, de celebración y de recogimiento, de regalos esperados e inesperados… Y todo en ese corto intervalo de 24 horas…

Hoy me he sentido triste y feliz a ratos. A la tristeza de no poder compartir un duro momento con mis seres queridos por culpa de las restricciones debidas a la pandemia, le sumo la alegría de que esas mismas restricciones desde hoy empiezan a ser, donde yo vivo, un poco más flexibles. Después de no sé cuántas semanas (ya he perdido la cuenta) sin poder juntarse con ninguna amigo o familiar que no sea conviviente y de no poder moverme libremente por los alrededores de donde vivo, desde hoy podemos juntarnos hasta cuatro, abren los bares (malamente, pero al menos podré tomarme una cerveza algún día en una terraza) y amplían el cierre perimetral al área sanitaria. Esto último podrá parecer una tontería, pero vivir en el límite entre varios municipios es una putada en estos casos. Y no podía ir al parque que hay a doscientos metros de casa o a las tiendas de alrededor porque pertenecen a otro ayuntamiento. Y tenía que coger el coche para ir a sitios a los que podría ir teniéndolos más cerca. Un sinsentido. Y es que yo salgo de casa a darme una buena caminata y en siete kilómetros me recorro cuatro ayuntamientos. Al menos ahora podré moverme un poco más.

Como echaba de menos esas caminatas por el paseo marítimo al lado de la ría, esta tarde he aprovechado para hacer el recorrido antes tan habitual. Con un sol espléndido, el ánimo también se vino arriba. Ver las terrazas llenas (con su límite de aforo) y el ruido de las charlas y la gente animada, me recordó tiempos pasados, donde eso era normal. Por las aceras niños en bicis y patinetes. Alegría. Risas. Bullicio. Qué alegría. Y qué congoja.

Al cabo de un par de kilómetros, me senté en uno de los bancos del parque, frente a la ría, aprovechando los rayos de sol para inocularme vitamina D, que me hace mucha falta. Me puse a leer el libro que ayer me regalaron por sorpresa y por unos minutos fui absolutamente feliz. Sin preocupaciones. Sin miedos. Sin tensiones. Sin agobios. Con el sol calentándome las piernas y el alma.

De vuelta a casa, ya todo era diferente. Todavía hacía sol, pero ya hacía un rato que había pasado la hora de cierre de los bares (a las 18:00), así que de nuevo las terrazas estaban vacías. No había ruido. Ni bullicio. Ni alegría. Y, de pronto, el subidón que me había dado un par de horas antes, comenzó a desplomarse y todo alrededor empezó a parecerme deprimente.

Esto ya solo lo arregla una cerveza bien fresquita en mi propia casa. Para terminar el día con alegría. Que es viernes. Y los viernes antes eran otra cosa…

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