El piso nuevo

Puerta 13

Cuando por fin nos mudamos me sentí feliz. El cambio era espectacular. Pasamos de un viejo, feo y oscuro piso interior a un piso nuevo y luminoso. Era la vivienda de mis sueños. Me había pasado las últimas semanas terminando todos los preparativos y decorándola a mi gusto. Hasta tenía mi propio despacho, con un gran ventanal por el que entraba la luz a raudales y un amplio escritorio.

Al día siguiente de entrar a vivir, cuando salí por la mañana para trabajar, me encontré sobre el felpudo un precioso ramo de flores silvestres con una nota que decía: “Bienvenidos”. No tenía firma ni remite, ni nada que indicase a quién pertenecía. Algún vecino amistoso que había olvidado poner su nombre. Ya tendríamos ocasión de conocernos. Aunque sentí curiosidad. Había cinco viviendas por planta y en la nuestra, que era la tercera, estaban todas ocupadas, teniendo en cuenta que tenían sus correspondientes felpudos ante la puerta.

La mañana siguiente me topé sobre el felpudo una bolsa de papel. Dentro, una bandeja de cartón con media docena de galletas de mantequilla recién hechas. Y una nota que ponía: “Espero que os gusten”. Me pareció oír una risa infantil y levanté la cabeza con el tiempo justo de ver cómo al fondo del rellano, en el 3º E, se cerraba la puerta.

Me llevé las galletas al trabajo y he de admitir que estaban de muerte. Cada vez tenía más curiosidad por saber quién era ese vecino atento y huidizo.

Al tercer día sobre el felpudo lucía una mini maceta color turquesa con un pequeño cactus coronado con una flor amarilla. Bajo la maceta, una nota decía: “Las plantas dan vida”.  Aquel pequeño cactus alegraría la mesa de mi despacho.

Durante toda la semana recibí un presente diario, sin saber quién lo había dejado. Varias veces me sentí observada al recoger el regalo sobre el felpudo. Un par de veces oí cerrarse la puerta del 3º E; las dos veces con risa de fondo incluida. En una ocasión me dirigí a esa vivienda y toqué el timbre, pero nadie me respondió.

El decimotercer día me quedé dormida y salí apurada para trabajar, más tarde de lo habitual. Mi zapato chocó con una caja de cartón al salir por la puerta. La abrí pensando que me encontraría algún bonito detalle, pero al levantar la tapa y ver lo que había en el interior, la lancé por los aires y dejé caer la caja al suelo, al tiempo que emitía un grito ahogado. La caja estaba llena de cucarachas muertas. Tuve que salir corriendo al baño a vomitar. El embarazo ya me estaba trayendo de calle con los vómitos, aunque los mantenía a raya, pero aquello fue demasiado para mi estómago.

Con la escoba recogí los bichos muertos que habían caído esparcidos por el rellano, los eché a la basura y me fui corriendo a trabajar.

Aquel día no comía en casa, así que regresé a última hora de la tarde. Cuando estaba llegando al portal vi un coche de la policía en la acera, pero no le di importancia. Cuando llegué al piso vi cómo un agente estaba poniendo una cinta para precintar la entrada del 3º E. Su compañero tomaba notas en una libreta. Nerviosa, me acerqué a preguntarle qué había pasado.

Me comentó que la vecina, tras un brote psicótico o algo así, se había suicidado. Llevaba varios meses de baja por depresión, desde que su hijo de siete años había fallecido por una extraña enfermedad a causa de unos parásitos que prácticamente le habían devorado los intestinos.

Me despedí de los agentes de policía y me fui corriendo a casa a vomitar. Este embarazo me iba a sacar todo de las entrañas…

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