Su canción

Rosa y partiturra

(Imagen de Ri Butov en Pixabay)

Acababa de dar el último bocado al sándwich que se había preparado para cenar, cuando le sonó el móvil. Dudó y tuvo que afinar el oído para ubicarlo, porque ni siquiera recordaba dónde lo había dejado cuando llegó del trabajo. Sobre el mueble de la entrada sonaba cada vez más impaciente. Era un número oculto y por un momento dudó en contestar, pero luego pensó que podía ser que la estuviesen llamando de la tele para darle un premio y no iba a desaprovechar la oportunidad. Nunca hay que darle la espalda a la buena suerte.

Tras descolgar, no escuchó ninguna voz al otro lado, sino una canción. Tragó saliva. La melodía de “Nothing compares to you” de Sinead O’Connor hizo que le flaqueasen las piernas. El corazón se le aceleró y comenzaron a sudarle las manos. Inevitablemente, un escalofrío recorrió su cuerpo. Durante casi cinco minutos se mantuvo allí de pie, en la entrada del piso, con el teléfono pegado a su oreja y las lágrimas al borde de sus ojos. Al final de la canción la comunicación se cortó.

Era su canción. De golpe habían venido a su mente cientos de recuerdos. ¿Quién había hecho esa llamada? ¿Por qué? La excitación no le dejó dormir esa noche. Una sensación extraña se había apoderado de ella y removido hasta las vísceras.

Por la mañana se levantó convencida de que aquella llamada había sido un sueño, fruto del cansancio acumulado y del estrés en el trabajo. Pero cuando estaba a punto de salir por la puerta, su móvil comenzó a sonar. Otra vez un número oculto. Esta vez fue más rápida en descolgar y el “diga” sonó apurado e impaciente. Y de nuevo la dulce voz de Sinéad O’Connor estrenaba los recuerdos de esa mañana, que transcurriría con la lentitud de un camello en el desierto.

La extraña situación se repitió durante dos semanas. Cada mañana antes de irse a trabajar y cada noche después de cenar escuchaba aquella canción. Su canción. Siete horas y quince días pasaron hasta que, el veintisiete de agosto (casualmente el día que se conocieron), cuando salía para el trabajo un poco más temprano de lo habitual, la llamada la sorprendió en plena calle, a escasos metros de su portal.

Pero esa vez la música sonaba con más fuerza, más cerca, como amplificada. No, no era una sensación, estaba escuchando Nothing compares to you en un altavoz en plena calle, a sus espaldas. Con el móvil todavía en la oreja se giró, y allí había un hombre con una rosa en una mano y el móvil en la otra, con el manos libres puesto y haciendo sonar esa canción.

No se lo podía creer. Habían pasado más de veinte años, pero parecía que había sido ayer. Ahí estaba el amor de su vida, el que una vez dejó marchar y no volvió a ver. No parecía que la vida le hubiese tratado bien, pero seguía manteniendo el brillo de sus ojos como mares en los que tantas veces ella se había bañado.

Dicen que segundas oportunidades nunca fueron buenas, pero ella no estaba segura de que fuese cierto. Lo único que sabía era que la vida le estaba dando una segunda oportunidad y ella no le iba a decir que no.

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