Mar en calma

Domingo en Santa Cristina

El pasado domingo disfruté de mi, posiblemente, último día de playa de este verano. Aunque quizá nos quede algún día soleado, las jornadas veraniegas de playa tocan a su fin. En un par de días entraremos en el otoño y ya nada será igual. Las mañanas y las noches son frescas. Y los días soleados invitan a tomar algo en una terraza, pero ya no a ponerse el bañador.

No sé si ya lo he comentado por aquí alguna vez, pero a mí me gusta la playa por la mañana temprano. Cuando puedo ir, lo hago sobre las 9:30. Una hora perfecta en la que la arena está “recién peinada”, el agua serena y en calma, el sol no quema y el silencio reina. Para mí eso es el relax total. Las tardes playeras de bullicio continuo, con la arena quemando los pies, los niños jugando y lanzando arena, los jóvenes adolescentes con música a tope, las conversaciones a grito pelado… no van conmigo. Es todo lo contrario a una buena  mañana de playa. Es estresante.

Pues como os decía, el domingo pasado fui a la playa. Por la mañana. Aunque un poco más tarde de lo habitual ya que a estas alturas a primera hora aún no apetece quitarse la ropa y darse un chapuzón. Y, de las pocas mañanas que he ido a la playa este año, esta ha sido la mejor, sin duda. El agua tan limpia, mansa y transparente que le confería un aire a playa del Caribe, si no fuese por la diferencia de temperatura, que ese día precisamente estaba bastante fría.

Pero había algo diferente en esa mañana playera. Se respiraba distinto. Las conversaciones no eran a grito pelado, sino apenas murmullos. No se oían gritos y risas. Todo alrededor rezumaba calma. Algo inusual en las jornadas de playa de julio y agosto. El mundo alrededor parecía haberse ralentizado. Todo parecía estático. Una escena en pausa.

El sol calentaba sin quemar, tan solo acariciando la piel, produciendo somnolencia, como si de una nana se tratase. El agua cristalina como una cuna en la que mecerse. Y pude descubrir (como muchas otras veces) el poder curativo del mar. Aquel día mi humor estaba de perros, enfadada con el mundo entero. Pero aquel sol y aquel agua transparente me hicieron relajar por completo. Y mi cabeza volvió a sentir calma, con los ojos cerrados bajo ese sol preotoñal, sintiendo el agua como una caricia tranquilizadora.

No dudo que soy una privilegiada por tener el mar cerca, al que puedo acudir siempre que quiera. Que me puede provocar calma incluso cuando está enfurecido. Es algo terapéutico.

Echaré de menos darme un chapuzón y nadar relajadamente, que posiblemente no lo vuelva a hacer ya hasta el año que viene. Pero me queda el consuelo de saber que siempre está ahí para mí cuando lo necesite.

4 comentarios en “Mar en calma

  1. Tu tienes el mar a diez minutos y yo a cuatro horas y media o casi seis si voy a tu tierra. Ha habido algunas veces que, sin premeditación, siento que necesito un escape, cojo el coche y me recorro esas horas para poder disfrutar viendo las olas. A mi me compensa el esfuerzo. Un abrazo Rosa.

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