El combate

Guantes de boxeo

(Imagen de Pixabay)

Llevaba ya más de tres meses jugando a ese juego de boxeo online. Era bastante bueno, posiblemente porque le dedicaba muchas horas y tenía mucha práctica. Solía ganar casi todos los combates, aunque tenía algunos contrincantes duros de pelar. Álex era uno de ellos. Cada vez jugaban con más frecuencia y sus peleas estaban bastante igualadas.

Ese rival cibernético se había convertido en uno de sus mejores amigos. Además del juego, también charlaban. Y lo hacían con una familiaridad pasmosa. Alex91 se había convertido en su paño de lágrimas desde que Susana lo había dejado aduciendo que era un niñato que lo único en lo que pensaba era en los videojuegos. Qué sabría ella.

Una tarde decidieron quedar a tomar unas cañas en un bar del centro. Casualmente, los dos eran de la misma ciudad e incluso habían descubierto que tenían amigos en común. Así que ese sábado triste de otoño, decidieron poner cara a su rival en la pantalla. Estaría bien pasar una tarde de hombres. Alex91 entendía su pasión por el juego. Y, la verdad, era bueno el cabrón. Le costaba ganarle. Quizá le enseñase algún truco.

Habían quedado temprano. Ya no estaba para juergas nocturnas. Prefería tomarse unas cañas tranquilamente por la tarde y por la noche recogerse en su guarida. A las cinco en punto llegó al local escogido. Era de los que solían llegar antes de tiempo, pero aquel día llovía y el tráfico estaba insoportable, así que llegó con el tiempo justo.

Se sentó en la barra y se pidió una caña. Había poca gente. Un par de mesas ocupadas y tres personas en la barra, contándole a él. A su derecha, una chica morena de pelo largo tomaba también una caña mientras ojeaba distraídamente el móvil. Él se situó de frente a la puerta, así podría ver llegar a Álex al mismo tiempo que miraba el fútbol en la tele.

Llevaba ya media hora de retraso, lo cual era extraño, porque su amigo no parecía un hombre impuntual. Empezaba a sentirse inquieto. Como si le hubiesen dado plantón. Las mesas ocupadas se habían vaciado y habían llegado clientes nuevos. La chica morena seguía sentada en la barra.

Se pidió otra caña. Y decidió que si Álex no aparecía en 10 minutos se volvería a casa. Quizá estuviese conectado echando una partida y se había olvidado. El camarero le sirvió la consumición y se dirigió a la chica, con la confianza de conocerse.

– Qué raro tú hoy tanto rato sola. ¿No has quedado con Marta y Lucía? – le preguntó.

– No, he quedado con un amigo, pero parece que me ha dado plantón.

– Entonces no será un buen amigo – contestó el camarero, socarrón.

– Yo creía que sí, aunque, bueno, no lo conozco en persona.

– ¿No lo conoces en persona? A ver, Álex, en qué historias te metes.

Al oír el nombre, se atragantó con la patata frita que se acababa de meter en la boca. Puso atención a la conversación. Se revolvió en el taburete.

– Es un amigo virtual. Compañero de juegos. Se le da bien el boxeo. Y, además, me cae muy bien.

No podía creérselo. ¡Alex91 era una chica! Pagó el par de cañas y salió a la calle, aturdido y enfadado. No sabía si reírse o llorar. Le había tomado el pelo todo este tiempo. Él pensando que tenía un colega y resultó ser una chica. Pero qué buena era jugando al boxeo y mintiendo.

Encendió un cigarrillo y se paseó durante unos minutos por la acera, dándole vueltas a la situación en su cabeza. Estaba desconcertado. Finalmente, aplastó el cigarrillo con el pie y volvió a entrar. Se dirigió a la barra. Directo hacia ella.

– ¿Eres Álex? – le preguntó.

– Sí – respondió ella, extrañada.

– ¿Álex91?

– Sí – entonces ella comprendió.

– Soy, Fran. Alias Balboa.

– Pues parece que has perdido este combate. Tendremos que volver a empezar otra partida…

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