Cartas del destino

Libreta abierta

Era lunes y, aunque para la mayoría de los mortales era el peor día de la semana, para ella era un día feliz. Desde hacía ya unas semanas salía de casa más temprano que de costumbre para tomar café en una preciosa cafetería que había descubierto de camino al trabajo. Porque allí estaba el motivo de sus madrugones. El hombre que, sin saberlo, le tenía robado el corazón. Cada día, de lunes a viernes, suspiraba ante él.

Seguir leyendo “Cartas del destino”

Como un tsunami

Mujer sofá ola

Cuando dejamos de vernos sentí como si hubiese vivido un tsunami. Todo alrededor era devastador. Prácticamente nada se mantenía en pie. Habría que empezar de cero. Como un pueblo a los pies de un volcán que ha entrado en erupción. Sin aviso. Había que coger lo que se pudiera y salir corriendo. Y luego reconstruir lo poco que queda. Con nuevas bases. Nuevos cimientos. Con las fuerzas agotadas. No había más que tormento.

Seguir leyendo “Como un tsunami”

Rompiendo el hielo

Hielo roto

Esperó a que el parque hubiese quedado prácticamente vacío para acercarse, como cada noche, a la fuente de los deseos. No se sabía muy bien por qué, pero en los últimos años se había convertido en lugar de peregrinación donde todo visitante que se preciara echaba una moneda al fondo pidiendo un deseo. Alguna fábula, historia inventada o superstición había obrado el milagro que en los últimos meses se había convertido en el sustento de Simón.

Seguir leyendo “Rompiendo el hielo”

Rolex

Reloj de arena

Le llamaban Rolex, pero no porque tuviese uno o fuese un entendido en la marca. Era por su don.

Una tarde de agosto estaba sentado con sus amigos en la terraza de uno de los bares de la plaza, cuando una mujer con paso apurado se acercó a preguntarles la hora. Nacho se remangó haciendo un giro de brazo, se observó la muñeca izquierda en la que lucía un cordón rojo deshilachado, vaciló unos instantes, miró al cielo, volvió a mirar a la mujer y respondió: “las siete y diez”. Y siguió charlando con sus amigos, que lo habían observado con curiosidad. Todos fueron rápidamente a mirar sus respectivos relojes y móviles. Eran las siete y diez exactamente.

-¿Cómo has acertado la hora si no llevas reloj?

-No sé. Simplemente la sé.

Hubo un estallido de carcajadas. No había sido casualidad. No era la primera vez. La situación se había repetido varias veces y siempre acertaba. Con la precisión de un reloj suizo. De ahí su apodo.

Siempre había sido así. Hasta que conoció a Marta. El día de su primera cita falló la hora tres veces. El ansia que sentía por encontrarse con ella era tan fuerte que a las tres pensaba que eran las cuatro, a las cuatro le parecían ya las cinco y media; y no le daban llegado las ocho de la tarde, que era cuando habían quedado.

Rolex dejó de ser preciso en su afinación horaria. Incluso empezó a ser impuntual.

En su primer aniversario, Marta le regaló un reloj. Y cuando se le acabó la pila a él también se le acabó el amor.

Paradojas de la vida…

(Imagen de Eduin Escobar en Pixabay)

La esquela del Nato

ataud calavera

Observaba atónito su propio rostro sin poder apartar la vista. Era la primera vez que se veía maquillado y tenía que reconocer que se veía bien. Nunca había lucido tan lozano, y no recordaba verse sin ojeras. Así que tenía que darle un aprobado al retoque estético, pero el peinado le chirriaba; llevar el pelo engominado no era lo suyo. Parecía otro. Aunque, bien mirado, hasta parecía más interesante. Uno de esos ricos abogados que tomaban el café por la mañana en el bar de Manolo, al lado de los juzgados.

Seguir leyendo “La esquela del Nato”