Memoria de pez

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Me dirigí a la cocina con paso firme y abrí la nevera. Mientras sujetaba la puerta abierta, observé el interior con curiosidad. ¿Qué iba a buscar? No tenía ni idea. Decidí volver sobre mis pasos, a ver si hacía memoria y recordaba a qué había ido a la cocina. Cerré la puerta y volví a mi rincón favorito de la sala. Sobre el sofá había un libro abierto y una taza de té humeaba sobre la mesa. Antes de sentarme, el gato vino hacia mí y se frotó a mis piernas, demandando cariño o comida, no lo supe interpretar. Volví a la cocina a llenar de pienso su comedero y de agua su bebedero. Al entrar, recordé lo que había ido a buscar: tomates para la ensalada que iba a preparar. Volví a abrir la nevera. No quedaba ni uno. Decidí bajar a la tienda a comprarlos. ¿A qué había ido yo a la cocina? No era por lo de los tomates. Bueno, no importa, seguro que no era nada importante. Cogí mi chaqueta del perchero de la entrada y bajé a la calle. Pasé delante de la tienda de comestibles y seguí hacia la cafetería de la esquina. Entré y me pedí un té negro; me hacía mucha falta, porque aún no había tomado ninguno esa mañana. Entró Ángel, mi vecino del primero y se sentó a charlar conmigo un rato. Me dijo que era raro verme allí a esas horas. Yo le respondí que siempre voy allí a tomar mi té. Me comentó que mi gato estaba maullando mucho esa mañana. Entonces recordé que aún no le había echado de comer. Pagué y me fui apresurada. Entré en la tienda de doña Carmen y cogí una lechuga para la ensalada, que me parecía que no quedaba. Subí apurada pensando en el pobre Micifú, que estaría muerto de hambre. Saqué las llaves del bolsillo y comprobé que aquellas no correspondían con la cerradura… eran las de repuesto de casa de mi madre. Timbré a mi vecina para que me dejase las llaves que tiene de mi casa para una emergencia. Cuando me abrió la puerta vi lo hermosa que tenía la planta de la entrada y ella, orgullosa, se prestó a enseñarme las que tenía en el balcón, totalmente florecidas y espectaculares. Charlamos un buen rato y cuando volví a mi vivienda recordé que no le había pedido las llaves. Tuve que volver a timbrar. Cuando entré, Micifú vino corriendo a mi encuentro, pero yo no lo hice mucho caso. Dejé la lechuga sobre la mesa de la cocina y me senté un momento en el sofá. En la mesa de la sala había una taza de té ya frío y sin tocar. Cerré los ojos y creo que me quedé dormida. Hasta que noté que me zarandeaban el hombro izquierdo.

-¡Dori! ¡Dori! ¿Aún no has preparado la comida?

-Creo que me he quedado un poco traspuesta. Estaba soñando…

-¿Y qué soñabas?

-Ni idea… creo que era algo sobre peces, pero no me acuerdo…

 

 

Para El Universo Mágico de Ame Reyes

Obra: “Sama roquera”. Pastel. 40 x 50 cm.

Autora: M. Carmen Santana

 

Bodegón de pasión

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Como firmando un extraño pacto de amistad, cada viernes quedábamos en una enxebre taberna en la zona vieja de la ciudad para tomarnos unos vinos. Tú una copa de Mencía y yo una copa de Albariño o de Godello, según el día y las ganas. Una copa, dos o las que fuesen, pero siempre con una ración de queso para acompañar.

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Cala de amor

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Quién le iba a decir a ella que conocería al amor de su vida en aquel pequeño pueblo costero de Galicia donde vivían sus abuelos. Allí no conocía a nadie y le parecía un lugar vacío y aburrido. Hasta que se topó con su mirada. Aquellos ojos entre verdes y grises, que cambiaban de color según la intensidad del sol. Y aquella sonrisa amplia y sincera. Fue un flechazo.

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