Vestirse de novia

Vestido de novia

Cuando tenía dieciséis o diecisiete años, una aburrida tarde de otoño paseaba con una de mis mejores amigas, cuando se le ocurrió decir:

-Me gustaría verme vestida de novia.

-Pues vayamos a probar vestidos de novia.

-¿Eso se puede hacer? – respondió, incrédula.

-¿Por qué no? – respondí yo.

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El piso nuevo

Puerta 13

Cuando por fin nos mudamos me sentí feliz. El cambio era espectacular. Pasamos de un viejo, feo y oscuro piso interior a un piso nuevo y luminoso. Era la vivienda de mis sueños. Me había pasado las últimas semanas terminando todos los preparativos y decorándola a mi gusto. Hasta tenía mi propio despacho, con un gran ventanal por el que entraba la luz a raudales y un amplio escritorio.

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Cartas del destino

Libreta abierta

Era lunes y, aunque para la mayoría de los mortales era el peor día de la semana, para ella era un día feliz. Desde hacía ya unas semanas salía de casa más temprano que de costumbre para tomar café en una preciosa cafetería que había descubierto de camino al trabajo. Porque allí estaba el motivo de sus madrugones. El hombre que, sin saberlo, le tenía robado el corazón. Cada día, de lunes a viernes, suspiraba ante él.

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Pedaleando hacia delante

Bicicleta con niños dibujados

Por fin se habían acabado las clases y al día siguiente empezaría las vacaciones. Las notas habían sido buenas -incluso mejor de lo que esperaba- así que le quedaba todo el verano por delante para disfrutar sin preocupaciones. Y, lo mejor de todo: por fin se compraría su tan ansiada bici. Llevaba ahorrando para ello desde antes de las navidades. Se había guardado el dinero que le habían traído los reyes, el del cumpleaños y lo que había ido ahorrando de sacar a pasear al perro de la vecina y algún otro recadillo remunerado. Ya había hablado con el dueño de la tienda y tenía la bici reservada. Mañana iría a buscarla. Se moría de ganas.

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Las luces del abuelo

bombilla rota

Entraron en la casa riendo, cogidos de la mano, y antes de cerrar la puerta ya se estaban comiendo a besos. Era una estancia amplia, uno de esos espacios abiertos donde convivían la cocina y el cuarto de estar, presidido por un viejo sillón pasado de moda y vencido por el tiempo, con un anticuado estampado y los brazos y las patas de madera cuyo barniz empezaba a escasear por el desgaste.

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Rompiendo el hielo

Hielo roto

Esperó a que el parque hubiese quedado prácticamente vacío para acercarse, como cada noche, a la fuente de los deseos. No se sabía muy bien por qué, pero en los últimos años se había convertido en lugar de peregrinación donde todo visitante que se preciara echaba una moneda al fondo pidiendo un deseo. Alguna fábula, historia inventada o superstición había obrado el milagro que en los últimos meses se había convertido en el sustento de Simón.

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Rolex

Reloj de arena

Le llamaban Rolex, pero no porque tuviese uno o fuese un entendido en la marca. Era por su don.

Una tarde de agosto estaba sentado con sus amigos en la terraza de uno de los bares de la plaza, cuando una mujer con paso apurado se acercó a preguntarles la hora. Nacho se remangó haciendo un giro de brazo, se observó la muñeca izquierda en la que lucía un cordón rojo deshilachado, vaciló unos instantes, miró al cielo, volvió a mirar a la mujer y respondió: “las siete y diez”. Y siguió charlando con sus amigos, que lo habían observado con curiosidad. Todos fueron rápidamente a mirar sus respectivos relojes y móviles. Eran las siete y diez exactamente.

-¿Cómo has acertado la hora si no llevas reloj?

-No sé. Simplemente la sé.

Hubo un estallido de carcajadas. No había sido casualidad. No era la primera vez. La situación se había repetido varias veces y siempre acertaba. Con la precisión de un reloj suizo. De ahí su apodo.

Siempre había sido así. Hasta que conoció a Marta. El día de su primera cita falló la hora tres veces. El ansia que sentía por encontrarse con ella era tan fuerte que a las tres pensaba que eran las cuatro, a las cuatro le parecían ya las cinco y media; y no le daban llegado las ocho de la tarde, que era cuando habían quedado.

Rolex dejó de ser preciso en su afinación horaria. Incluso empezó a ser impuntual.

En su primer aniversario, Marta le regaló un reloj. Y cuando se le acabó la pila a él también se le acabó el amor.

Paradojas de la vida…

(Imagen de Eduin Escobar en Pixabay)