La mujer de la ventana

Ventana

Era la hora del recreo y estábamos jugando en el patio que daba a la plaza rodeada de edificios. Saltábamos a la comba y paramos a descansar. Hicimos un pequeño corrillo mientras hablábamos y reíamos ajenas a lo que nos rodeaba.

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La loca del barrio

Rostro pintado

La llamaban “la loca del barrio”. Porque, sin duda, era especial. Siempre vestida de modo estrafalario, ajena a cualquier moda y totalmente carente de gusto estético para sus estilismos. Un día te cruzabas con ella y llevaba unas mallas de estampado étnico con unas zapatillas deportivas ultramodernas, que bien podían ser de alguno de sus sobrinos, con una blusa estilo bohemio y unos enormes pendientes de plumas multicolor. Al otro día se paseaba por el barrio con una falda de pana, zapatos de tacón de carrete y una cazadora de chándal Adidas de los años ochenta; y también, cómo no, unos enormes y coloridos pendientes.

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Rosa amarilla

Rosa amarilla

Julia estaba apurando un cigarrillo en la acera antes de entrar a trabajar, cuando se convirtió en testigo de una bronca de pareja en plena calle, al más puro estilo película americana. Desde donde estaba, y debido al tráfico a esas horas, no podía oír lo que aquella mujer decía – más bien, gritaba – a aquel hombre que la miraba consternado con cara de no comprender.

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El diario

Lacajadepandora

Las tapas eran de símil piel color granate con unas preciosas flores grabadas en un brillante dorado que no había conseguido deslucir después de tanto tiempo. También los bordes de las hojas lucían de un dorado impoluto haciendo que pareciese un libro majestuoso. Lo único que daba muestra de su antigüedad era el ribete de la solapa donde estaba situada la cerradura que daba privacidad al diario. Salpicaduras de óxido le otorgaban el toque decadente.

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Balones que botan… y rebotan

Jugador de baloncesto

Ya está el vecino otra vez jugando al baloncesto. Hoy parece que está enfadado. Lo noto por cómo bota el balón. Con furia. Quizá haya discutido con su novia. O con sus padres. O se ha cabreado con algún amigo. Puede haber tenido un mal día en el trabajo. No sé si estudia o trabaja. En realidad, apenas le conozco.

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Limones fantasma

Limones

Cuando nos mudamos a aquella casa en el campo mi mayor obsesión fue lograr que creciesen los limones. En el entorno teníamos varios árboles frutales, un par de manzanos, una higuera y un limonero. Pero fue el limonero el que demandó mi atención desde el principio. Según la dueña, no daba limones. Nos lo confesó el día que nos mostró el lugar, antes de comprar la casa. El limonero se encontraba al fondo de la finca, al abrigo de un pequeño galpón donde guardaban las herramientas y aperos. Estaba protegido del viento, pero le daba el sol todo el día. Según la buena mujer, en otros tiempos había sido muy fructífero, pero desde hacía un par de años no daba ningún limón. Sólo uno lucía semi-abandonado, que no había querido recoger. Yo lo cogí y con él preparé unas aromáticas rodajas para mi primer refresco de verano en aquella casa.

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Historias de autobús

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Hoy he llegado a la estación con el tiempo justo. El autobús que me deja delante de casa estaba ya en el andén, aunque faltaban cinco minutos para la salida. Aún así, no pude subir inmediatamente, aunque mis piernas pedían sentarse. Mi tarjeta del bus estaba sin saldo, así que tenía que recargarla y tuve que subir corriendo tropecientos escalones hasta el cajero que hay arriba. Cuando llego, hay un chico en el cajero. Me pongo a la cola. El chico menea la cabeza y parece estar cagándose en todos sus parientes. Algo va mal con su tarjeta. Yo miro el reloj. Tres minutos. Resoplo. Dos minutos. Rezo. El chico se va. Cruzo los dedos para que pueda recargar la tarjeta sin ningún contratiempo. Sí. He tenido suerte.

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